jueves, 19 de noviembre de 2009

Exegeta.



Todo de nuevo. Nuevamente
La universidad desconocida
Un dios cotidiano.


Fue en la biblioteca nacional mientras deambulaba entre los estantes en busca de un libro de George Bataille, que no encontré, en cambio encontré otro que al revisar me pareció todo sucedía en la pagina 84, que transcribo a continuación.

Una sola gota de rocío puede ser suficiente para saciar el desarrollo de un producto natural (un niño, una flor) → la madre de todo lo que estuvo cuando no estábamos.
Taciturno artista, héroe del silencio.
Nosotros: simples mortales producto de sus cópulas.
La naturaleza fue engendrada y por sabiduría huérfana.
Le abandonaron aquí y quienes la constituyeron haciéndose uno, la olvidaron para perderse en el universo. Fundiéndose, sin darnos pistas que confirmen esta hipótesis, sin hacernos cesar todos los inmerecidos dolores de este mundo.
Son los padres del tiempo, lo supremo. Son quienes no sabemos que sabían de nosotros, y los factores de la perturbación en nuestras vidas.
Y mientras nuestra vida pasa, sólo un deseo es sólido: permanecer (para siempre no, cualquier para siempre es muy aburrido)
Por eso vano sería hallar nuestro origen. Su poder es el anonimato, que enriquece el valor de nuestras vidas.
Yo soy un Dios, que mueve la boca y mastica tierra. Ya muerto he echado sentencia sobre mí mismo y concluyo sobre la importancia de no cuestionar lo que nos puede hacer echar por la borda el verdadero sentido de ser un elegido por esos hipotéticos responsables vitales a quienes no conocemos. Lamentablemente, todavía no somos nosotros, somos lo que hicieron de nosotros en el pasado, y siempre va a ser así.

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