
Mi nombre es Saberio Canto, tengo 75 años. Me parece correcto comenzar a narrar algún que otro suceso trascendente de mí vida. Algunos, me han dicho que lo mejor en el mundo es escucharse silbar. Por supuesto lo considero una necedad, una falta de valoración a un montón de cosas que existen y no son exactamente echarse a chiflar, y se deberían apreciar con buena gana.
Ya dije mi nombre y mi edad, me parece correcto contar en que lugar nací y como llegué a este día en que me dispongo a contar lo mas trascendente que me sucedió. Voy a preferir no tocar nada, escribir guiado por mi impulso e ir corrigiéndome, si hay necesidad, durante la marcha de las letras.
Por ejemplo, hablé de sucesos trascendentes en plural, lo que significaría relatar más de uno, y quizá eso tome una gran extensión de tiempo y las ganas que hoy me hacen sentarme a escribir se desvanezcan tan repentinamente como nacieron . Por tal motivo no quiero asumir riesgos que tengan que ver con el hartazgo de redacción. Ya me ha sucedido sentarme convencido de querer llegar a abarcar varios temas y a la hora de comenzar a escribir abandonarlo todo, y lo más triste, encontrar esos manuscritos comenzados perdidos dentro de una carpeta o en el fondo de mis cajones en el ropero.
Hace falta para los inconsecuentes escritores como yo, una historia breve que no demande demasiado tiempo, remontarse en el pasado y buscar una.... Si se es un buen lector, no se soportaran los cuestionamientos sobre lo que se esta intentando hacer, ni dos líneas. Enseguida aparecerán disgustos, manías propias que se adquieren al admirar alguna novela o algún cuento; se copia un estilo o no se puede continuar. Desgraciadamente es el día de hoy que me acompañan esos devaneos cuando intento ponerme escribir. Los años, no hacen desaparecer esas costumbres. Los años contradicen el resultado doloroso, el ocio y la vaguedad de pensar que nada bueno puede salir de uno. El mundo se rearma y nos olvidamos de que podíamos crear uno y ser dioses en él, y con los años, uno busca materializar el dominio de un mundo imaginario.
Tenía 25 años cuando regresando a una vieja pensión que ocupaba se me presenta debajo de un árbol en la esquina de Riobamba y Tucumán, un señor de traje negro y rayas blancas apenas perceptibles, si no fuera porque toda su figura estaba subrayada con una luz naranja que lo iluminaba de una forma rara en la oscuridad. Salió a mi encuentro cuando me vio aparecer doblando hacia Tucumán desde Riobamba, su aura anaranjada me llamó la atención de inmediato. Yo que traía la vista puesta en el piso, levanté de inmediato la cabeza mirando directo a los ojos a este señor. Al principio pensé que era un ciruja, pero no era un ciruja.
Cuando me llamó por mi nombre me asusté. Es entonces, la verdadera desesperación: Pensé en correr, y ahora me doy cuenta que en ese momento quedé petrificado, duro sobre las baldosas debajo de una oscuridad raramente iluminada, su rostro instalado en la zona de las sombras de la noche componía una sonrisa de rata vieja, aumentando mi temor me quedé callado pensando que me venían a buscar para llevarme a morir a algún lugar.
Saberio, repitió aquél hombre después de haber dejado que nos suceda un tiempo, incomodo y tenebroso para mí, que volvía del trabajo un día domingo con los pies duros por los zapatos, pensando en acomodarme con la plata de alguna forma. ( )
Saberio volvió a pronunciar por tercera vez, mirándome directamente a los ojos. Le asentí con la cabeza, todavía con miedo; tomé coraje e intenté agredirlo. El desconocido sacó sus ojos de los míos, le vi fruncir sus gestos y comprendí que no tenía intención y quizá tampoco motivos para atacarme en ese momento.
Caminó dos pasos y se sentó en un escalón de cemento pegado a una puerta. Acomodó su cabeza, hizo un gesto rápido, indicándome el espacio que quedaba libre a su lado. Me tranquilizó verlo sentado, lo pensé un poco echando la cabeza hacia atrás, sin mudar de mi cara ninguna de las muecas de desconfianza que se me habían trazado.
Finalmente me acomodé junto al extraño, y le pregunté cómo sabía mi nombre.
Shh hace silencio un rato- me dijo- y observemos, relajate no te va a suceder nada- intentó tranquilizarme y le creí, podía también ser un holograma, quizá alguien me viese a mí sentado hablando con la parte baja de la pared de aquélla entrada; pero todo parecía ser real. La luz de aquel hombre seguía encendida pero con menos intensidad. Continuó. Su tranquilidad aplacó mí paranoia.
Fijate allá, y me señalo con el dedo hacia la otra calle, ves aquella chica, esta caminando para acá. Era real, una chica caminaba por Tucumán viniendo de Callao. Va a pasar por acá continuó, y va a mirarnos a ambos, luego va a seguir y perderse a su destino como aquellas personas de allá, me dijo y me señaló a dos muchachos cruzando la esquina de Riobamba en dirección a Corrientes. Aja, y? - le pregunté. Bueno, se que te interesa la literatura, y esto quizá te recuerde por momentos a algún relato de los tantos en los que un desconocido para el protagonista se cruza y le comienza a augurar sucesos que no conoce, es eso lo que vengo a hacer que suceda, prevenirte de algunos sucesos.
Justamente lo que pensaba, que quizá se tratase de mi sueño mientras leía "El otro" de Borges, o "El Mandarin", de Queiroz. Pero estaba ahí, y la chica estaba próxima a pasar, vestía con un abrigo bordo con rayas negras y llevaba puesta una capucha, tenía pantalón negro y zapatillas con el borde de la suela blanco. Pasó y efectivamente, nos echó una mirada que sentí fija en mí. En ese momento, a pesar de que no es extraño que alguien mientras camina observe lo que se cruza en su camino, me hizo estremecer una sensación metafísica que aún recuerdo sentí en los ojos negros de aquella mujer. Sentí un escalofrío extraño y después sí, me encontré en otro lugar.
Había efectivamente un camino. Era una ruta, un camino nacional o un antiguo camino real. Ya no estaba en esa entrada sobre la calle Tucumán, sentado con aquel desconocido que sabía mi nombre. Ahora me encontraba en la mitad de una ruta de cemento con el sol poniéndose, en pleno crepúsculo, ya próxima la noche y nada y nadie a mi alrededor. Eso no era real, creí en la teoría de un sueño repentino mientras leía, así que me senté de frente al crepúsculo para esperar a despertarme.
Pero si eso era una ruta seguramente pasaría un auto, me pareció correcto esperar uno al costado del camino despreocupándome por la situación y dejar que algún conductor seguramente conducido por mi cabeza que es quien dirige los sueños, me trasladara hasta la próxima fase antes de despertar. Pasaron quince minutos, y aún al costado de la ruta veía el sol desaparecer, y los contornos del ultimo pedazo de sol teñir de naranja una parte del cielo. De repente todo se ennegreció, recuerdo con certeza saberme ya no en medio de un camino desconocido, sino en una oscuridad absoluta, densa, pero con cuerpos físicos próximos.
Con la misma velocidad con la que me encontré en medio de una ruta aislada, y luego en una total oscuridad, volví a la calle Tucumán, en el momento justo cuando la chica daba los dos pasos que nos dejaban a tras a mí y al desconocido que volvía a mi lado. Una sensación de descarga me quitó algo de fuerzas, estaba ahora mas cansado que antes. No podía hablar, una especie de agotamiento mental me hacía girar la cabeza en pequeños círculos. Me puso una mano en el hombro, y como sabiendo lo que sentía me dio unas palabras de ánimo, me tiró hacia atrás y descargué el peso de mi cuerpo en la puerta que teníamos a las espaldas. El desconocido continuó hablando. Imposible de poner en palabras la sensación de no percibir ningún salto en el tiempo a pesar de que tal cosa haya existido; como si mi cerebro actuara independientemente de mí, todo o una parte y nunca viese perdido la atención y nunca me viese sabido en una ruta desierta, ni en la oscuridad que deduje pudo ser la antesala al regreso; un regreso imposible de explicar, porque estaba ahí y no había nada que indicara una huída. Como no encuentro precisión, por mi falta de talento para contar, no voy a dar detalles de aquella sensación.
Ya recuperado le pregunté quien era la chica. Me dijo que era parte de mi mundo de probables. Me pidió que volviera a la posición que me hallaba al principio, que me tenía que explicar algo. Comenzó a contarme que era aquel lugar donde había estado.
Saberio, esa mujer que paso por aquí, no lo hizo porque viva cerca ni porque halla ella preferido hacerlo. Ella es parte de tu mundo de probables, como esos muchachos que te mostré al principio, o aquella señora que se ve a lo lejos parando un taxi o el propio taxista. Esto no quiere decir que cada uno de ellos no tenga una existencia real, quiere decir que no existe un sólo mundo. Para ser mas claro: ese traslado que acabas de tener, esa ruta aislada que viste, ese era el portal de los ojos de aquella chica que pasó por acá. Que yo te halla retenido quiere decir que alteré tu situación real por haberme aparecido aquí en mitad de la vereda pidiéndote que mires a la señorita, sabiendo que ella iba a mirarnos. Soy un servidor del mundo de la tercera fase. Pero No te gastes en preguntar que es eso.
Mi función es señalar a personas que son de nuestro mundo, por ejemplo, cuando estamos frente a la multitud o en medio de ella, sólo podemos rescatar imágenes vagas o colores fuertes. O cuando uno ve mucha gente, no es nuestro mundo ese, no. Ese es el desorden de nuestro mundo. Pronto se reordenara todo. Pero hace falta que existan personas que sepan que la realidad no es el mundo enajenado de muchos mundos.
Esto, con menos complejidad es lo siguiente: Hay personas con las que te cruzaras toda la vida, y son poquísimas en este planeta exageradamente habitado. De esas personas saldrán otras mas que son parte del único grupo con el que te vas a relacionar, me seguís? –No, no lo seguía, lo creí tan loco que me dio miedo, y tuve ganas de irme pero me quedé, sabiendo que eso quizá me quitaría el sueño de aquella noche, y me produciría pesadillas. -Le dije que sí, y continuó. Bien. Puedes ver tu mundo a través de los ojos de un solo habitante de él, y podrás ver proyectado el resto de tu mundo. Te pararas en el inicio de sus ojos , y te encontrarás rodeado de todos los que habitarán tu futuro.
Un momento- le dije, recuerdo que lo hice de un grito fuerte y algo temeroso- yo no vi nada. Es decir nada más que una ruta desierta y un sol crepuscular, la noche próxima.
El desconocido llevó la cabeza hacia atrás y dilato los ojos con un asombro que me dio miedo. -¿Cómo que una ruta desierta y la noche próxima?- dijo. Le expliqué con detalles que me encontraba solo, le conté que me puse al costado del camino a esperar y que volví después de una rara sensación de oscuridad, omití los detalles de la sensación inefable que había experimentado como si el tiempo de mi huída a esa ruta no viese existido. Se levantó, y con una notoria decepción en su rostro, se despidió de mí.
Pensé todo esto doblando por Riobamba hacia Tucumán, volviendo del trabajo un día domingo, harto de esos zapatos y pensando en como hacer para acomodarme con la guita.
Cuando levanté la cabeza estaba ahí en mitad de la vereda, todo él circundado por una luz naranja, físicamente me obstruía el paso y me dijo, Saberio.
Si, ya sé- respondí- estoy apurado. Lo dejé atrás como a un volantero proxeneta. Llegando a la entrada de mi pensión miré, y ya no lo vi. Pude imaginar en su cara la decepción de saber que ya lo había imaginado, que el mundo tal cual quería mostrármelo ya lo conocía.
Si nos perdemos un instante en el pestañeo de una mujer, seguramente nos veremos solos en medio de la nada.
Bueno, acabado ese suceso trascendente yo Saberio Canto de 75 años, me despido. Hoy contento de haber podido concluir con algo que seguro halla sido distorsionado por el tiempo, pero que redacté con toda la fidelidad que mi desgastada memoria me proporcionó. Así, mi vida ha llegado a ser un dialogo constante con mis propios nervios.
Hasta luego.
sin acentos, sin puntos precisos, y sin armonía, es decir para gente de mal gusto.

