martes 9 de agosto de 2011

Fiaca: Documento Antiguo









*Una vez fui al psiquiatra. Estaba haciendo una cosa que se había convertido en un patrón que repetía en la vida y pensé: Bueno, debería hablar con un psiquiatra.
Cuando entré en la consulta le pregunté: ¿Cree que este proceso podría afectar mi creatividad?. Y el psiquiatra me contestó: Bueno, David, debo serte sincero: podría ser.
Le di la mano y me marché*
David Lynch
Atrapa al pez dorado.


I
Fiaca, eso me agarra cuando estoy al frente del monitor dispuesto a escribir.
Quiero contar, cualquier cosa, pero hacerlo, para justificar el tiempo que pasa y que voy perdiendo.
Estoy desempleado, habitando una pieza de pensión. Recién me estoy acostumbrando a compartir la cocina el baño y el saludo. Caí; como nunca pensé que iba a caer, apenas sí tengo fuerzas para escribir algunas líneas o leer (cada vez lo disfruto menos) algo durante el tiempo ocioso. Tomo unas pastillas que me quitan el ánimo, prácticamente estoy vaciado de fuerzas. Habito una pieza chica, ya lo dije, es tan chica que si pretendiese fumar mientras escribo, me asfixiaría ni bien intentase dormirme.
Lo mas curioso es que hace unos días o varios, no se precisar, me di cuenta de lo idiota que he sido en mí vida, de lo destinado al fracaso que está mí manera de conducirme. Seguramente no demorará mucho más mi sistema nervioso en desvariar y terminaré internado en un Igniatus Reilly, intentado ser compuesto por pastillas y análisis terapéuticos, que me condenarán a permanecer de por vida en esos lugares.


Pero mientras, habito en una de las habitaciones de un antiguo hotel de la calle Venezuela.
La estructura de este antiguo caserón me impactó tanto el día que lo caminé por dentro, que inmediatamente decidí que aquí quería instalarme.
Ayudado por un amigo, ubiqué algunas de las cosas que tenía en el departamento que habité durante un largo año en la calle Tucumán.
El portero del hotel, vive en una de las habitaciones que hay junto a la puerta de entrada, es un hombre de edad, lleva sus pelos teñidos y es notoriamente afeminado. Durante las primeras conversaciones me cayó excelentemente, luego, durante los días siguientes, lo noté intentando descifrar cada paso que daba, como una especia de madama custodiando a sus mujeres para que estén siempre dispuestas a recibir clientes.

III
NA-TU-RA-LI-DAD,,, PAR-A CON-TAR.

Para llegar a mi pieza hay que caminar por el amplio patio adornado con macetas, llegar hasta al fondo, donde están los baños y la cocina, subir dos escalones, avanzar por un angosto pasillo, y ahí, en la pieza numero doce, ahí descanso yo.
Hoy llueve. Y son casi las diez de la noche. Hace algunos días, mientras llegaba al final de un libro, tirado sobre la cama, que es el único espacio donde puedo estarme leyendo sin que se me achaquen los músculos, comencé a escuchar gemidos que paulatinamente fueron haciéndose más sonoros. Eran gemidos de personas en pleno acto sexual, aparentemente situados en la terraza que está precisamente encima del techo de mi cuarto. En una de las paredes de mi habitación hay un ventiluz que está en lo alto y a su través se pueden ver las escaleras que conducen a la terraza.
Me puse unas ojo tas, y subí hasta la terraza caminando muy despacio; eran la una y treinta de la madrugada y se me figuraba encontrar allí a dos personas fornicando. Efectivamente, cuando llegué unas de las vecinitas que había visto estaba puesta en cuatro patas, recibiendo de un hombre mucho mayor, ambos de espaldas a la escalera, expuestos a que cualquiera los pescase en aquella situación. A lo primero pensé en irme, temiendo ser descubierto, pero, silenciosamente, me busqué un espacio junto a la escalera, donde quedaba invisible y podía observarlos. El hombre, de rodillas en el suelo, sujetaba a la chica por sus cabellos largos hasta la cintura y se ejercitaba con un movimiento pélvico que parecía enloquecer a aquélla mujercita. Yo estaba confundido y excitado, mejor dicho tenso y excitado, me comencé a tocar debajo del pantalón, con la intención de masturbarme mirando aquel espectáculo sexual, pero temí ser sorprendido por alguien que llegase hasta allí, entonces me limité a espectar. La mujer en un veloz movimiento y sin sacarse el pene del hombre, giro 120° y se puso de frente a él con los ojos apretados, ubicando su cabeza en el hombro de su amante, ni bien los abriera podría verme, pero no me importaba que ella lo hiciese. Mi pene estaba durísimo y me dolían las pelotas. Comencé a frotarme una mano por mi zona genital, cuando un grito me previno, parecían estar por llegar al orgasmo, la mujer se había enroscado los cabellos de él en una de sus manos y lo apretaba fuerte a la vez que lo chupaba en el cuello. Estaban pronto de acabar ambos y así fue, pegaron un alarido que no me explico cómo no escucho nadie más. Se quedaron unos minutos quietos, luego la mujer le miró a la cara y se sonrió, el hombre la besó y ambos se incorporaron, yo me escondí debajo del tapialito ya sin ver a ninguno, pensando en escapar escaleras abajo sin ser visto. Cuando asomé la vista otra vez pude ver a la chica de espaldas junto a un perro, tendiendo un toallón de baño. Miré intentando encontrar al hombre, fue en vano, no pude dar con él de ninguna forma. La chica acarició varias veces al perro en la cabeza, y el perro, que yo no había visto antes, le lamía la mano. Ambos caminaron hasta la escalera y se fueron sin verme. Yo me fui detrás de ellos, intentando inútilmente ser visto por la chica que iba delante mío acomodándose un cortito pantalón de jean, para ver si lograba hacerle saber que había visto todo. Fue inútil, la sigo cruzando junto al perro cuando vuelvo en el patio que debo cruzar para llegar hasta mi habitación, sonriéndose ambos la mayoría de las veces, y no es para menos, si la cosa es como supongo que es. El perro por las noches se convierte en humano y se la monta, y yo los vi y se los acabo de contar. Pero ahí no quedo todo, la noche después de aquella me asomé nuevamente a la terraza, esperaba verla llegar, me quedé cautamente colgando algunas prendas que debía secar, al cabo de quince minutos la vi llegar junto al perro, dispuesta a colgar su ropa. Yo la saludé y me agaché a acariciar al animal, intenté comenzar una conversación que no prosperó demasiado, tengo serias dificultades para establecer relaciones. En un momento, cuando ya me daba por vencido, la mujer giró el cuerpo para colgar una de sus prendas y me puso su hermoso culo prácticamente frente a mi cara, yo aún estaba agachado, sentí un estremecimiento de la cabeza a la punta de mi miembro, manotié aquel culo con ambas manos, cerré los ojos y me puse detrás de ella que curiosamente no hizo nada, pero, sentí como se irguió y dejo caer la prenda al piso. Al instante después sentí un mano que me giraba con fuerza por el hombro: allí estaba el hombre de la otra noche, descargó en mi cara un fuerte golpe en la zona de la mandíbula, caí al piso inconsciente.
Cuando me restablecí, ya no había nadie en la terraza, las ropas flameaban por el viento, me palpé la cara, tenía una hinchazón terrible y se aproximaba una tormenta.
Me puse hielo, todavía se me está deshinchando. Los días que siguieron a ese, incluso hoy, volví a cruzar a la muchacha, que ya ni siquiera me mira, quien si me mira es el perro, hasta llego a percibir una leve sonrisa en su cara peluda. Estoy convencido de que eso que presumo, sucede de veras. Ambos son una pareja, el perro en realidad es un hombre, el amante de aquella mujer. Lo que reste de mi estadía en este hotel, será tiempo que destinaré a intentar descifrar todo ello con precisión, previendo que no me vuelva a suceder lo mismo que la última vez. No es difícil eliminar a un perro, pero eso no sería la solución, la solución sería poder filmar a ambos fornicando y grabar al hombre restableciéndose a su condición de perro. Con el tiempo, si las ganas son verdaderas, todo se logra.


25 DE Marzo de 2010




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